¿Para bien o para mal? ¿desgracia o bendición?

Por Carmen Guerrero Escobar el Noviembre 1, 2016 en Metáforas terapéuticas
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“Un pobre chino suscitaba la envidia de los más ricos de la región porque poseía un caballo blanco extraordinario. Cada vez que le ofrecían una fortuna por el animal, el anciano respondía: “Este caballo es mucho más que un animal para mí, es un amigo, no puedo venderlo.”

Un día, el caballo desapareció. Los vecinos reunidos delante del establo vacío empezaron a dar opiniones: “Pobre idiota, era previsible que te robaran este animal. ¿Por qué no lo vendiste? ¡Qué desgracia!” El campesino se mostró más circunspecto:

“No exageremos, dijo. Digamos que el caballo ya no se encuentra en el establo. Eso es un hecho. Todo lo demás no es más que una apreciación por vuestra parte. ¿Cómo saber si es una suerte o una desgracia? Solo conocemos un fragmento de la historia. ¿Quién sabe lo que pasará?”

La gente se burló del anciano. Lo consideraban desde hacía mucho como una mente simplona. Quince días más tarde, el caballo blanco volvió. No lo habían robado, simplemente se había ido a solazarse al campo y, de su escapada, traía consigo una docena de caballos salvajes. Los lugareños se volvieron a reunir. “Tenías razón, no era una desgracia, sino una bendición. Yo no llegaría hasta ahí, dijo el campesino.

Conformémonos con decir que el caballo blanco ha vuelto. ¿Cómo saber si es buena suerte o mala? No es más que un episodio. ¿Se puede conocer el contenido de un libro leyendo solo una frase?” Los lugareños se dispersaron, convencidos de que al anciano se le iba la cabeza. Recibir doce caballos preciosos era, indudablemente, un regalo del cielo. ¿Quién podía negarlo? El hijo del campesino emprendió la doma de los caballos salvajes. Uno lo tiró al suelo y lo pisoteó. Los lugareños acudieron una vez más a dar su opinión: “¡Pobre amigo!

Tenías razón, estos caballos salvajes no te han sido de provecho, ahora tu hijo único está lisiado. ¿Quién te va a ayudar en los días de tu vejez? Realmente eres digno de compasión.

Veamos, replicó el campesino, no corráis tanto. Mi hijo ha perdido el uso de sus piernas, nada más. ¿Quién dirá lo que esto nos habrá aportado? La vida se presenta a trocitos, nadie puede predecir el futuro.”

Algún tiempo más tarde, estalló la guerra y todos los jóvenes del pueblo fueron llamados a filas, menos el inválido.

“Anciano, se lamentaron los lugareños, tenías razón, tu hijo ya no puede andar, pero se queda junto a ti, mientras que nuestros hijos van a que los maten.

Os lo ruego, contestó el campesino, no juzguéis apresuradamente. Vuestros jóvenes están enrolados en el ejército, el mío permanece casa, eso es lo único que podemos decir. Dios es el único que sabe si esto es para bien o para mal”.

Fuente: Libro “Deja de ser amable, ¡sé auténtico!”,  Thomas d’Ansembourg

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